Cada escudería desarrolla su propio combustible con un objetivo: incluir aditivos que mantengan limpias las partes móviles del motor, ya que este tiene que funcionar al máximo rendimiento. Para ello toman como base los compuestos presentes en los productos comerciales, pero con un resultado muy diferente al combustible que se comercializa para los autos de calle. El alimento de los monoplazas es más ligero y multiplica su capacidad de proporcionar potencia. Concretamente, los hidrocarburos empleados tienen un octanaje de entre 95 y 102, y han de cumplir rigurosas normas en cuanto a su composición química, densidad y conductividad eléctrica.
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